:: República Argentina :: Sede Centro | Sede NOA | Sede NEA | Sede Cuyo | Sede Patagonia Norte ::

 


 

 

18.02.2016
NOTICIAS DE LA ENERC
En primera persona

Hoy escribe Lulú Scalise, egresada de la ENERC, quien participó de un intercambio en la ECAM de Madrid, España

A finales de septiembre me embarqué en un avión con destino a Madrid. Llevaba conmigo dos direcciones: el hospedaje, y la escuela de cine. Tras unas doce horas de vuelo, dejé las maletas y salí rumbo a mi segundo destino. No lo pensé dos veces, me dejé llevar por la confusión del cambio horario y un entusiasmo que fue correspondido: en la ECAM ya me esperaban. Tras conversar con Ignacio Gutiérrez-Solana, jefe de estudios, visité el edificio y fui presentada en las distintas áreas de la mano de Ana Segovia. En secretaría me extendieron los horarios de cursada. Así fue como esa misma tarde entré en la asignatura documental Materia Gris.         
Soy egresada de la ENERC en el área de fotografía. Empecé a pensar el cine a través de la imagen y lo que ella me devuelve. Esa búsqueda creció en mí, a tal punto que el camino siempre se abrió a nuevas posibilidades. Cuando llegué a la ECAM, elegí asignaturas tanto de mi especialidad como de documental. La decisión vino de la mano de la novedad: en Argentina este área se encuentra integrada al la currícula general, junto con los ejercicios de ficción. A las clases de Luz y cámara, Mirada narrativa, Imagen digital se le sumaron entonces otras tales como Fundamentos del documental contemporáneo, Procesos Creativos, Etnografía expandida, y demás propuestas donde la formación técnica de foto encontraba un complemento. Espacios donde se revelan cosas diferentes pero igualmente valiosas para pensar y hacer cine hoy.

He mencionado Materia Gris, inicio definitivo de mi viaje. A pesar de los nervios de saberme nueva, extranjera, mi entrada al curso fue bastante natural. Los compañeros de tercer año documental, y el docente Santiago Fillol, inauguraron diálogos, lecturas y películas donde empecé a integrarme sin darme cuenta, porque había asuntos allí que resonaban para todos.

Fui eligiendo asignaturas guiada por consejos y corazonadas. A los compañeros de tercero se le sumaron los chicos de foto del mismo año, y los de segundo. Con ellos compartí prácticas en set y exteriores. Llegamos a grabar a una banda de jazz en el estudio de la escuela. También tuve la suerte de participar invitada en rodajes externos, donde los equipos de trabajo estaban conformados por  estudiantes, egresados y colegas. Rodajes de proyectos que salen adelante con esfuerzo y valentía, aún ante las dificultades de presupuesto.

Compartimos, también, historias y experiencias. En la diferencia de nuestras culturas, nos encontramos. Hablamos de nuestros proyectos, de los trabajos ya terminados, de las películas que nos acompañan y las imágenes que adoramos.  Tras sus pasos conocí la filmoteca del Cine Doré.
Los docentes también me acompañaron. Sergio Oskman y Carlos Casas encausaron discusiones en torno al documental. Santiago Racaj, coordinador de la diplomatura en fotografía, con calidez y generosidad, alentó la idea de integrarme en los cursos de segundo y tercero. Las clases de iluminación fueron un gran aprendizaje, porque cada profesor tiene su estilo y al trasmitir deja algo resonando. Rafa Roche reforzó con humor y paciencia mis conocimientos técnicos en torno a la imagen digital, así como las visitas profesionales me acercaron a otros espacios relacionados a la producción audiovisual española.
Le debo a Santiago Racaj algo más. Gracias a él conocí otras formas de hacer cine. Me refiero a dos directores: Jonás Trueba, y Javier Rebollo.
Durante un fin de semana en Barcelona, vi Los Exiliados Románticos. Fuimos a un cineclub con un amigo, apenas sabiendo quién hacía la dirección de fotografía de la película. Entramos en la sala. Y empezamos a viajar. Vimos una camioneta naranja, un camino, unos pocos buenos amigos. Vimos el mundo en el que vivimos, y una generación de jóvenes inquietos. Tan atentos mirábamos, que los créditos nos sorprendieron. La película de Jonás Trueba nos encantó, porque justamente salimos desorientados, encantados por ese conjuro que puede ser el cine. Y agradecidos, como buenos viajeros ante un regalo del camino.
Las clases continuaron. Entré a Mirada Narrativa, asignatura para fotografía y dirección. Sentado junto a Racaj, mano a mano, estaba Javier Rebollo. Su forma de hablar, de ver el mundo, de enseñar fueron una grata sorpresa, así como su complicidad con Santiago, director de fotografía de sus películas. Con ellos comprendí que no hay libertad sin rigor, y no hay cine sin la energía confluente de un equipo. Su ejemplo fue una imagen nueva para mí, un reflejo de la creatividad y el ingenio en acción.

Pero mi estancia en Madrid llegaba a su término. Acepté ese final provisorio, lo interpreté como un ciclo que se cerraba. Volví a Buenos Aires con libros, apuntes y muchas imágenes. Algunas son fotografías. Las demás, la mayoría, están en mi memoria. O en las películas.