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04.04.2019
Nosotras somos ellas, ellas son nosotras... por Lulú Scalise
 

 

La ENERC organizó un ciclo de cine en el marco del Día Internacional de la Mujer. Las realizadoras y actrices Lucía Romina Escobar, Mariana Rojas, Paula Bugni, Victoria Di Rienzo, Ana Piterbarg y Dana Gómez proyectaron sus trabajos. En diálogo con Lulú Scalise, reflexionaron acerca de las cuestiones que interpelan y atraviesan la femineidad.

Los cortometrajes terminan. Créditos finales. Después de los aplausos, siete mujeres nos subimos a la tarima que antecede a la pantalla. El cine tiene, entre sus múltiples virtudes, la posibilidad de hacer visible una cantidad de realidades, de vivencias, de experiencias subjetivas que atraviesan a las personas. Nos permite observar y pensarnos. En esta oportunidad, la idea es pensar entre todas. Elegimos la alteridad. Alternamos: hablamos y escuchamos. Sin miedo a equivocarnos, con libertad para desarmar un discurso y construir algo nuevo, nos aventuramos en un juego donde siempre son más las preguntas que las respuestas.

LULÚ: Ella (2013) es un cortometraje protagonizado por Lucía Romina Escobar. Se realizó en el área de extensión de la escuela. Romina, ¿cuál fue tu recorrido como actriz, y tu experiencia con tu identidad, con esta cuestión de actuar la identidad?

ROMINA: Hablar de este corto tiene que ver con hablar de mí. Soy una persona trans, como se habrán dado cuenta. Cuando realizamos Ella, yo estaba desempleada y necesitaba trabajar. En el Ministerio de Trabajo primero me hablaron de un subsidio. Pero yo no había ido a pedir nada: quería trabajar. Entonces, como alternativa, me propusieron revisar algunas opciones de formación, y entre los cursos que ofrecían estaba el de dirección en el área de extensión de la ENERC.

Estudié teatro desde muy niña. Siempre fue algo que me quedó pendiente. Lo que más se acercaba a lo que me gustaba era esto de la dirección. Por eso decidí venir a la escuela. Con miedo: mi vida fue, en general, siempre con miedo. Soy una persona grande, y cargo con una experiencia pesada. Por ahí ahora para las chicas o los chicos más jóvenes es más fácil esto de la inclusión, pero en mi caso tuve que pasar por situaciones tales como que me llevaran presa por caminar, por ir a comprar al almacén. Por querer ser quien soy. Fue muy difícil. Y creo que eso me generó miedo en todo. Aunque con el tiempo, de a poco, con terapia y un gran esfuerzo personal, fui largando esa sensación, a escuela llegué asustada: con miedo a mis compañeros, a mis profesores.

El final del taller consistía en hacer un corto. ¿Y qué más que hablar de mí y de esta necesidad de querer trabajar? Compartí mi idea con mis compañeros de grupo, y despertó interés. Lo iba a dirigir yo, pero finalmente se dio que terminé actuando.

LULÚ: Escuchar tu experiencia y cómo realmente lo vivís, desde tu subjetividad, es enriquecedor, Romina.

Hace poco volviste del Festival Internacional de Berlín, donde la película que protagonizaste, Breve historia del planeta verde, de Santiago Loza, ganó dos premios Teddy, uno de ellos a mejor película.

ROMINA: Imagínense lo que es para mí. Contarles que, cuando filmamos Ella, no tenía de qué trabajar. Literalmente no tenía para comer, no tenía ni para pagar el alquiler. No tenía nada. Y hoy encontrarme viajando a Alemania es una sorpresa enorme. Viajar haciendo lo que me gusta, que es actuar. Pueden parecer frases hechas, pero la vida devuelve un poquito de lo que vos hacés o das. Esta experiencia que tuve en Berlín fue como si la vida me dijera: vamos a dejar de machacar tanto a la marica, vamos a darle una buena. Y eso fue magnífico, no lo podía creer. La gente que iba a festival, y había visto la película, me saludaba. Yo no sé alemán, no sé inglés, pero era el cariño lo que me llegaba. Me cambió la vida. Es impresionante contemplar el recorrido desde que filmamos Ella, cuando no tenía un mango y no sabía qué hacer con mi vida, hasta el día de hoy.

Lo que nunca dejé es de estudiar. La plata que me entraba la usaba para pagar mis clases. Y creo que eso es lo que está dando sus frutos ahora. Ahora, de mayor, estoy dando el curso de ingreso al IUNA. Siempre hice talleres cortos, pero el conservatorio, la universidad, era algo que me inhibía. Hoy estoy en ese proceso. Muchas gracias por escucharme.

LULÚ: Tenés una presencia escénica muy fuerte. Haber seguido perseverando en la actuación fue una gran decisión, porque te vemos en pantalla y tu imagen resulta potente, magnética.  ¿Qué se siente seguir peleándola por más que se te cierren muchas puertas? ¿Cómo vivís esa búsqueda donde poder ser y expresarte?

ROMINA: Cuando hice mi primer corto acá en la escuela, me fascinó trabajar con un grupo tan contenedor. Son puertas que se abren. No sé qué más va a pasar. Sé que sigo peleándola.

Está buenísimo que la gente del cine y de la televisión entienda que las trans no somos sólo un personaje: podemos ser asistentes sociales, médicas, podemos hacer un montón de otras cosas. Yo quiero seguir trabajando, quiero seguir haciendo, no quiero quedarme en ser la travesti del elenco. Las trans podemos ser madres, podemos ser abogadas, podemos ser un montón de cosas. Me gustaría que eso pasara.

LULÚ: Partiendo de esta dificultad de conseguir trabajo, quisiera hablar de Eva (2017), de Dana Gómez. Entre ambos proyectos hay un universo en común muy fuerte. Dana y Romina, ¿cómo ven esta situación, por qué eligen poner en escena y se vuelve una temática recurrente el tema del trabajo y la identidad trans?

ROMINA: Primero, Dana, quiero felicitarte. Tu corto me fascinó. Estoy pasando por un momento particular en la relación con mi papá, y fue muy emotivo. Me sentí muy identificada.

Respecto a tu pregunta, Lulú, creo que es algo primordial: no hay trabajo para nosotras. Si a las personas CIS, heterosexuales, les cuesta encontrar trabajo, imagínense para nosotras. Tenemos que dar batalla, demostrar que podemos hacerlo, y es difícil, es muy duro.

DANA: Gracias. Eva nació de una serie de entrevistas que tuve con Lourdes Ibarra, protagonista del corto y amiga. En Jujuy, desde la Fundación Damas de Hierro, ella viene militando el cupo laboral hace años. Es algo que pasa en todo el país. Buscamos que el cupo laboral sea real. Por eso elegimos que Eva sea asistente social.  Pero también queríamos poner en conflicto cómo se aprueba el cupo, qué pasa ahora con eso: ¿la sociedad está preparada para integrar, para convivir con el cupo laboral? En Jujuy estamos en ese proceso. Elegimos poner en escena situaciones que podían llegar a pasar, y que de hecho pasan.

ROMINA: Sí, en todos lados pasan. Creo que las políticas hablan más de lo que hacen. Por ejemplo, tuvimos la ley de identidad de género y hay lugares donde igual no se respeta. Por ahí acá en Capital es una cosa, pero yo también milito en un grupo de mujeres trans, y solemos recibir las malas noticias de que en Córdoba mataron a una, en Salta a otra… como matan a las mujeres también. Puede que, en esos casos, se visibilice un poco más, pero de nosotras las trans no se cuenta nada, nos enteramos por las redes sociales de lo que pasa en las provincias. Y la policía sigue reprimiendo. En el Conurbano, por ejemplo, las chicas que trabajan en la calle aparecen muertas en la ruta y nadie se hace cargo, nadie sabe lo que le pasó. Es muy triste esa realidad.

DANA: Sí. Además, ese tipo de violencia también se da en el ámbito laboral, doméstico, familiar… todos temas que nos parecía que tenían que estar ahí a la hora de hablar de la comunidad trans.

LULÚ: Algo que me sorprendió mucho de Eva es cómo está presente el prejuicio en el mismo personaje protagónico.  Al principio del corto, Eva le dice a su amiga que se afeite. Esa es una contradicción muy potente. Dana, ¿cómo la elaboraste para llevarlo a la pantalla?

DANA: La primera escena, del partido de fútbol, es una historia que le pasó realmente a Lourdes. La misma Fundación tiene un partido de fútbol, que en realidad es mixto, no es específicamente para personas trans, pero está conformado en su mayoría por ellas. Y ahí pasó que a una de las chicas del equipo la discriminaban desde el mismo colectivo porque no cumplía con los estereotipos de belleza, de lo que se busca que sea una mujer, o una mujer trans. Ella era una chica que no se afeitaba, no se arreglaba como las demás, y la fueron echando del partido. Había una fuerte discriminación. Hay que ser conscientes de hasta dónde llegan esos estereotipos: incluso en personas que rompen con un montón de trabas, siguen estando. Cala muy hondo el machismo, el patriarcado.

LULÚ: Es esto que compartía Romina, de andar y convivir con el miedo de qué va a decir el otro. Creo que es algo que a todos nos acciona en cierto punto, a nosotras como mujeres y a todos como personas. Es muy difícil lidiar con esas imágenes ideales que circulan en la sociedad.

DANA: Es una cadena de violencia que se sigue reproduciendo. Es una construcción que hay que tratar de deconstruir.

LULÚ: En Eva hay un niño adoptado. Aparece el tema de la maternidad, una cuestión central de otro de los cortos que vimos: El Vendaval (2015), de Mariana Rojas. Me interesa esta posibilidad de ver en los cortos figuras femeninas que no son estereotipadas. En El Vendaval, la figura de la madre es central. Es una madre protagonista a costa de una hija ausente. Y si bien es un corto muy metafórico ya desde el título, también hay de base una realidad muy cruda que es el tema de la desaparición de mujeres. Mariana, ¿Cómo fue la construcción del corto?

MARIANA: El camino de cada proyecto es inevitablemente personal. Hay que indagar en lo propio o en lo grupal de esas personas que conforman el equipo. En el caso de El Vendaval, la cuestión de la costura, de la tela, los maniquíes… todo ese universo viene de mi madre. Se trata de elementos que fuimos enlazando con el guión, pero que venían de otro lado. Cuando pienso en mi mamá la veo trabajando en un taller de costura junto a un montón de mujeres, y para mí al encarar un proyecto audiovisual estamos haciendo lo mismo nosotras con el corto. Para llegar a cualquier idea hay que parar la pelota en algún momento, la vorágine que implica, en mi caso, estudiar cine y tener un montón de películas para ver de apuntes que leer, y preguntarse: ¿qué tengo ganas de hacer yo? ¿por dónde tengo ganas de ir? El cine es algo bastante personal también. Es complejo, pero está bueno que haya momentos de introspección.

Nos llevó mucho tiempo lograr la idea final de El Vendaval. Estábamos en la instancia final de tener que hacer nuestra tesis, y ya eso era una presión muy grande. Como equipo de mujeres, sentíamos que teníamos que hablar de algo que nos interpelara a todas, y por otro lado queríamos indagar de alguna manera en un tipo de lenguaje audiovisual que también fuera significativo para nosotras. En ese momento no teníamos mucha idea de qué, pero sí había afinidades de historias, de personajes, de imágenes, de sonidos que teníamos en común como equipo.

A su vez, durante ese año, a mí me solía pasar que andando por mi barrio, La Matanza, me encontraba seguido con carteles de chicas desaparecidas. Es constante, y sigue pasando hasta el día de hoy: todo el tiempo nos encontramos con desapariciones. En ese momento, esas imágenes en los carteles, en los postes de luz, me interpelaban. De hecho me pasaba de prestar atención a esas fotocopias pegadas y percudidas por el paso del tiempo, por la lluvia o el sol que empezaba a borrarlas… y siempre me preguntaba, ¿qué habrá pasado con esas pibas?

También empecé a tener cierta cercanía con la familia de Luciano Arruga. Una noche, después de una proyección en una jornada que se hizo en la plaza homónima, fuimos a guardar los equipos a una casa. No sabía quién vivía ahí. Me quedé en la puerta, porque no conocía a esa familia, pero sí a compañeros y compañeras a quienes yo acompañaba. De pronto escucho una mujer que estaba dando indicaciones de dónde  guardar las cosas. En la voz de esa mujer sentí la ausencia de Luciano. Sin verla, me podía dar cuenta de que era su madre. Esa noche le escribí a Celeste, la guionista, y le dije que me parecía que el corto que íbamos a realizar tenía que ir por ahí.

Ahondamos en vivencias de cada una de las integrantes de mi equipo. La directora de sonido había tenido una experiencia personal ante la ausencia de una hermana, en donde toda la familia trataba de evocarla a través de objetos y recuerdos… y así fue como llegamos a la idea de que los cuerpos desaparecen, pero la memoria prevalece. Nuestra idea fue poner el foco en la importancia de la memoria. La búsqueda, y la memoria.

Encontramos que el sonido era una herramienta fundamental. Un recurso que tenemos la obligación de pensar, de pensar expresivamente para un proyecto audiovisual, porque tiene un gran poder evocativo.

LULÚ: Sí, tu corto tiene esa potencia de los sentidos más allá de la imagen, o de un uso de la imagen que no se limita a lo convencional.

Creo que esto de lo sensorial es algo que está muy asociado a lo femenino. De manera injusta, tal vez, porque en definitiva es algo del orden de lo humano y es necesario hacerlo presente para que todos nos lo podamos apropiar. Una ausencia se siente para cualquiera.

A propósito de lo sensorial, me gustaría hablar sobre No Mires (2002), de Ana Piterbarg, porque también trabaja lo perceptivo de una manera muy especial. Tanto en El Vendaval como en No Mires, los sentidos están puestos en contar una vivencia desde otro lugar. ¿Cómo surgió este cortometraje protagonizado por Dolores Fonzi?

ANA: Cada proyecto audiovisual es un proceso muy personal. Hay muchas maneras de llevarlo adelante, tantas maneras como personas. Se aprenden técnicas, y aunque las aprendas no son más que formas para organizar el modo propio.
 
Este corto nació de una sensación asociada con el miedo a estar sola, a animarse a estar sola, y también a sentir. Como si esas cosas cuando se unen fueran, a priori, peligrosas. Quise abordar esta sensación de no poder controlar efectivamente desde la razón qué es lo que sucede. En general, pienso las cosas desde la percepción. Las historias me nacen desde las imágenes. Me parece que está buenísimo el camino de lo no narrativo en el sentido de lo más lineal o literal, porque te permite otro tipo de relato. Es entretenido en ese sentido mover piezas.

No Mires fue realizado diecisiete años atrás, una barbaridad de tiempo. Recientemente, comentándolo con uno de los que hicieron el montaje, él me decía: qué actual que es. Ahí lo volví a ver, y me sorprendí. Cómo esto que nos preocupa a todos aparece de maneras inesperadas. Ahora pareciera que se vuelve obligatorio pensar, porque nos sentimos con la responsabilidad, pero son cosas que nos atraviesan muy profundamente, acaso no sabemos hasta dónde. Nos constituyen. Y en ese sentido me pareció que estaba buenísimo volver a mostrarlo, para restituir la presencia de algo que surgió de manera inesperada.

LULÚ: Está muy presente la libertad para abordar el tema. Puede que si fuera un corto realizado hoy sería más difícil moverse con esa libertad con la que te pudiste mover cuando lo filmaste, y eso se vuelve actualmente muy valioso.

Esta cuestión de adelantarse a la época aparece también en Cuerpos de Batalla (2017), de Paula Bugni y Victoria Di Rienzo. Este corto fue filmado en el 2016, previo a la llegada al Congreso del debate sobre el aborto legal. Me parece genial la posibilidad del arte de adelantarse a las problemáticas que se vienen. Es un documental muy valiente. Se siente la complicidad como hilo conductor. Paula y Victoria, ¿Cómo llegaron a filmar esa primera escena de la llamada telefónica?

PAULA: Creo que en ese momento estábamos hablando de algo muy actual. Queríamos hablar de nuestros derechos, de nuestro cuerpo. Es relativo eso de adelantarse.

Respecto de la primera escena, aquella de la llamada telefónica… en realidad creemos que la división ficción documental está medio obsoleta, así que no nos lo planteamos desde ese lugar. Las mujeres que trabajaron con nosotras tenían la misma inquietud de hablar de su cuerpo, de poner su cuerpo. Nos preguntamos mucho cómo hacer esa escena: nos interesaba cómo es que una llega a las socorristas, que es a través del teléfono, y cómo ellas responden. Tuvimos un momento de pensar si teníamos que avisarles a ellas, y qué iba a resultar de avisarles o no.

ANA: A mí me llamó la atención que cuando ella llama por teléfono en seguida dice que quiere preguntar por una situación de aborto. Y nombra esa palabra, cuando lo que yo esperaba era que se refiriera a “la consulta”… Me parecía que no podía decir aborto, como una palabra que no se dice, que no se puede decir. Desde mi experiencia, tengo incorporada la idea de que si llamás a un consultorio médico para hacerte un aborto, no vas a decirlo directamente. Se elude, se le cambia al nombre. Eso es algo que tengo aprendido. Es fuerte. Entonces veo esto y celebro que estén las socorristas y que se les pueda decir las cosas como son.

VICTORIA: El tema de la llamada fue un debate interno en el grupo de realizadoras. Quisimos apropiarnos de cuáles eran nuestras dudas en el caso de hacer esa llamada, y tratamos de documentar eso.

Y en relación al tema de la época, justamente venía pensando cómo la cuestión del aborto en tan poco tiempo varió tanto, desde una perspectiva social. Después de todo el debate que se dio en el Congreso y demás, siento que nos cambió la mirada a todos, y está bueno ver este cortometraje hoy, después de todo ese proceso.

LULÚ: ¿Cómo fue el trabajo de abordar un tema tan complejo? ¿Cómo llegaron a las agrupaciones?

PAULA: Cuando elegimos el tema del aborto, del derecho sobre el cuerpo de una, nos encontramos con muchas inquietudes que se despertaban en nosotras. Entonces empezamos a investigar. Grabamos testimonios de mujeres que conocíamos que habían abortado, probamos con la cámara cómo tratar el tema. Una amiga periodista me prestó el libro El aborto como derecho de las mujeres, otra historia posible. Está escrito sobre la base de textos de ponencias de jornadas sobre historia de las mujeres y otros estudios de género. Una de las compiladoras, Ruth Zurbriggen, aparece entrevistada en Cuerpos de batalla. Tiene escritos muy interesantes sobre el tema.
Otro libro que consultamos fue Código Rosa, de Dahiana Belfiori, que compila relatos en primera persona de mujeres que abortaron socorridas por mujeres de La Revuelta, agrupación a la que pertenece Ruth.

También nos contactamos con las chicas de la agrupación Seamos Libres, que hacen una consultoría en una salita de salud de Mataderos. La llamada inicial fue con otra agrupación que es de Villa Urquiza.

Todas son Socorristas en Red. Son diferentes grupos a lo largo de todo el país, y a su vez cada una pertenece a su grupo político de militancia.

VICTORIA: El tema del aborto se puede abordar desde un montón de aristas. Es muy amplio. De hecho, dentro del colectivo se había hablado de ampliarlo a un largometraje. Lo cierto es que el disparador de nuestro documental, a pesar de su temática universal, fue muy personal. Está fuertemente ligado a la experiencia de cada una y de nuestras mujeres cercanas. También había en nosotras una necesidad enorme de información. Creo que hoy en día esa información que entonces nos faltaba creció y está más a mano, pero incluso en ese momento había una suerte de desconocimiento: cuando uno tiene que transitar esa decisión, ¿qué herramientas tiene? ¿qué es lo disponible? A partir de esos interrogantes nos pareció oportuno contar la historia de las socorristas para poder brindar información a otras mujeres que quisieran abortar.

ANA: Creo que no es tan usual que uno conozca la existencia de las socorristas. Yo por ejemplo las había escuchado nombrar, pero en definitiva no tenía plena consciencia de su trabajo.

MARIANA: A mí me pareció buenísimo que hayan cerrado el corto con la información de las Socorristas, incluidos los datos de contacto. Me parece que en ese sentido el documental trasciende lo cinematográfico para ser comunitario. Lo veo como una gran decisión, hasta lo pusieron por delante del equipo que lo realizó.

ANA: Creo en la capacidad que tiene el cine y el audiovisual de generar preguntas y reflexiones. Lo que me pregunto es, aparte de visibilizar, qué capacidad tenemos de generar cambios. Me pregunto hasta qué punto la cabeza puede ser un arma de doble filo y jugarnos en contra a la hora de ponernos panfletarias. Justo estos cortos no pasan por ahí, pero a veces el sentimiento de responsabilidad nos puede obligar a ir por un camino errado.

Claro que hay cosas que es necesario pelear para que la situación cambie, como es el caso del cupo laboral. Pero comparto esta pregunta, no sé la respuesta: ¿qué está en nuestras manos hacer o no dejar de hacer para que se revierta esta situación?

LULÚ: Es que en realidad cuestiones como el cupo laboral son un derecho. Una está tratando de justificar algo que debería ser obvio.

Entre nosotras tenemos que ir reformulando el camino a seguir. Estar atentas a inquietudes como las que plantea Romina, de no querer quedarse con el personaje trans, o la pregunta de Ana acerca de cómo generar un cambio real… Creo que es fundamental no permanecer bajo el peso de la responsabilidad, y empezar a escucharse a una misma desde las intuiciones creativas y desde los lugares donde siente que tiene que seguir su búsqueda para llegar a un resultado final -que siempre es provisorio, porque luego vendrán otros proyectos.

En el último tiempo hubo un gran período de lucha y concientización acerca del trabajo de las mujeres en el cine. ¿Cómo viven su propia experiencia en el medio audiovisual como mujeres cineastas?

MARIANA: Hay consciencia gracias a los colectivos, pero en situación se sigue sintiendo la hostilidad y el machismo. Es muy importante tener presente que la mirada de nosotras va a generar un cambio en el cine. No es una idea romántica: va a cambiar la forma en la que nos acercamos a las historias. Y eso es algo fundamental. También sucede que empezamos a tejer otra forma de llegar a los trabajos, y muchas veces tratamos de recomendarnos entre nosotras a la hora de pasar un trabajo, porque seguimos siendo minoría.

ANA: Lo dicen las estadísiticas. Más de la mitad de las personas que entran a las escuelas de cine son mujeres, y después cuando ves quiénes ocupan el cargo de cabeza de equipo en cada área, te encontrás con una mayoría de hombres. Creo que el año pasado el porcentaje de realizadoras argentinas era del 5 o 7%.

LULÚ: Ana, vos dirigiste Todos tenemos un plan (2012). ¿Cómo viviste la experiencia de llegar a ese lugar, y transitar el enorme deseo de hacer esa película, con toda la responsabilidad, el peso y la exposición que eso implica?

ANA: Fue una ópera prima muy grande, y el peso, la presión, el estrés se sintió mucho. Por suerte, tenía al mejor guardaespaldas del mundo, que es Viggo Mortensen. No es un detalle menor. Lo que sucede en el set es una reproducción de lo que sucede en la sociedad en general. Se ve cierta medición de poder todo el tiempo latente. Entonces que haya un tipo, que sea varón, que sea respetado por todos, y por otros varones sobre todo, y que ese tipo defienda a una mujer, ayuda a que nosotras podamos ocupar espacios de poder.

Yo empecé a dirigir bastante joven televisión… y siempre es más fácil poner en jaque a una directora que a un director. Porque también está el tema de cómo funciona este medio, donde el trabajo depende de que te vuelvan a llamar. Como es un trabajo tan inconstante, eso es lo que se pone en juego. Si vos te plantás y sos hombre, la reacción es que te hacés valer; si sos mujer, en cambio, te pueden tildar de loca. Eso es algo que va a cambiar a largo plazo. El hecho de que se formen equipos con mayoría de mujeres empieza a generar una situación diferente. Las cosas pueden ser de otra manera. Se va generando otra consciencia.

ROMINA: Que el tema se hable, se muestre, esté al día, genera otros movimientos en la sociedad. Ojalá que esto siga creciendo en todos los colectivos, que todos sigamos creciendo. Estamos dándole batalla.